Los beneficios psicológicos de la austeridad. Cuando menos es más.

agosto 25, 2019 - by Juan Jose Carral - in amor, enamoramiento y dependencia

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“La publicidad nos hace desear coches y ropas, tenemos empleos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos. Somos los hijos malditos de la historia, desarraigados y sin objetivos. No hemos sufrido una gran guerra, ni una depresión. Nuestra guerra es la guerra espiritual, nuestra gran depresión es nuestra vida.Crecimos con la televisión que nos hizo creer que algún día seriamos millonarios, dioses del cine o estrellas del rock, pero no lo seremos y poco a poco lo entendemos, lo que hace que estemos muy cabreados.”  (frase sacada del personaje disociado Tyler Durden, que encarnaba el actor Brad Pitt en el club de la lucha). 

 

En la actualidad vivimos inmersos en un mundo muy influido por la industria del Marketing, un mundo cuyas metas pasan por la necesaria adquisición de una serie de instrumentos para poder conseguirlos (relojes, lencería, colonia, buena presencia…), de esa forma toda nuestra vida por fin llegará a su felicidad máxima (ser felices, tener buenas relaciones sociales y familiares, estar sanos, ser reconocidos por los demás…) 

¿Pero realmente tener más necesariamente hace ser más feliz? la respuesta podemos observarla si hacemos un barrido a la historia de la filosofía y de las religiones. 

Ya en el año 412 a.c. un gran filósofo de nombre Diógenes, mostró a la los ciudadanos de Atena la ridiculez del apego a bienes que le hacían sentir pobre, pues esos bienes, aunque cubrían las necesidades físicas, no llegaban a llenar el vacío espiritual que tenían. Este sabio, popular en Atenas por vivir en una tinaja y portar una lampara con una celebre frase “busco a hombres”,  llego a maravillarse de lo rico que era por no poseer precisamente nada. 

Buda decía: “Las enseñanzas de la renuncia y el desapego hace que seas más feliz, cuantas más cosas posees más infeliz serás” y también que “La raíz del sufrimiento es el apego”. Es decir, que para ser felices debemos tener lo esencial, vivir de forma simple, hacer una cosa a la vez, desacelerar, hacer menos, pero nunca dejar de hacer y conectar con aquellas cosas que tienen sentido para nosotros. No debemos sentir apego a las cosas, ya que nada es permanente. La filosofía Budista es el resultado del camino que realizó  Siddharta Gautama hace 2,500 años en el norte de la India, y que lo llevó a la Iluminación mediante la meditación profunda. 

En la Biblia, en el pasaje del Sermón en la montaña realizado por Jesús de Nazaret dice así: «No os amontonéis tesoros en la tierra, donde hay polilla y herrumbre que corroen, y ladrones que socavan y roban. Amontonaos más bien tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que corroan, ni ladrones que socaven y roben; porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón.» Mt 6, 19-21.«Por eso os digo: No andéis preocupados por vuestra vida, pensando qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, discurriendo con qué os vestiréis. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido […]. Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas esa cosas se os darán por añadidura.» Mt 6, 25-33

¿Y que enseñanzas podemos sacar hoy en día en un mundo tan lleno de consumismo? Ya en los años 60 del siglo XX, un grupo de personas, llevados por un estilo arquitectónico de la mano del  arquitecto alemán Ludwig Mies Van Der Rohe, cuyo axioma fundamental para diseñar era “menos es más”, comenzó a pensar en la posibilidad de un mundo minimalista, influyendo en otras disciplinas artísticas como la pintura, la moda, la música e incluso el cine. Pronto, ese movimiento minimalista empezó a convertirse en una forma de ver el mundo y hoy, devorados por la Revolución tecnológica, cada vez aparecen más jóvenes dispuestos para vivir en una era post-minimalista. 

¿cómo viven estas personas? ¿realmente son más felices por vivir de esta forma? Dado que su filosofía consiste en que menos es más, aparentemente es sencillo, basta con deshacernos de los excesos para poder centrarnos en lo verdaderamente importante. En primer lugar, debemos librarnos del apego a los objetos, incluidos los que tienen un significado emocional, pues si bien es cierto que los mismos pueden  entrañar recuerdos importantes, también lo es que las emociones y los recuerdos están en las personas y no en los objetos. El minimalismo también nos invita a ser juiciosos en el consumo y con nuestras posesiones, es decir, no vivir ni comprar más de los que verdaderamente necesitamos (si entra una cosa, debe salir otra). Nuevas formas de esta filosofía “antiacumulación” tienen que ver con la digitalización de: música, fotos, libros.

Siguiendo el pensamiento minimalista, con cada nueva adquisición, nos hacemos más pesados, cada posesión es algo de los que preocuparnos, cosas que de alguna manera ocupan un espacio mental, no dejando lugar para las partes esenciales del ser humano.

Dicho esto, cabe aclarar que no se trata de una forma de vida rígida La idea del minimalismo es simplificar, hacer tu vida más llevadera. Cuando somos muy rígidos puede ser contraproducente, porque se cae en otro extremo y la vida se complica en el otro sentido. Además, la flexibilidad es clave pues, lo que resulta fundamental, para cada persona puede variar tanto de individuo a individuo como dentro de la misma persona es sus distintas etapas del ciclo vital.

Aunque esta forma de vivir toma nombre y se populariza en los años 60 la realidad es que los minimalistas no han inventado nada nuevo. Muchas de las enseñanzas del budismo y el cristianismo están presentes en el minimalismo moderno. Ningún libro sagrado vende consumo objetual, sino Espíritu. Y lo hacen desde muy diversos nombres y ritos. No hay fe que no desee perseguir lo esencial y librarse de lo superfluo

Como se puede observar, tener solo lo imprescindible para centrarse en lo esencial, es un principio ancestral para alcanzar la felicidad. Lo decían hace más de dos mil años y se sigue diciendo ahora

Y ¿qué tiene que ver el minimalismo con la psicología?
Tener menos cosas favorece la salud mental a través de varios frentes:

Aumenta la capacidad atencional. con menos cosas es más fácil limpiar y ordenar. Si el espacio está despejado y sólo tenemos lo necesario para realizar esa tarea, tendremos menos distracciones y será más fácil mantenernos concentrados. Además, encontraremos todo más fácilmente.

Favorece el crecimiento personal y la conexión con valores como cuidar el planeta, ser solidario con los que no tienen, valorar lo que tenemos, sea mucho o poco… Parece ser que cuando tienes más cosas de las que puedes usar y deseas más de las que puedes pagar, entras en un ciclo vicioso en el que ya tus cosas no trabajan para ti, sino tú para ellas. Los objetos te atan o bien te hacen más difícil el cambio (una mudanza, por ejemplo),

Fomenta las relaciones sociales: cuantas más cosas tienes más tiempo dedicas a ocuparte de ellas y por lo tanto menos tiempo inviertes en tus relaciones sociales. SI en lugar de conservar regalos de las personas que quieres le dedicaras tiempo a la relación con esa persona tu mundo social mejoraría.  

Se recude el estrés: nuestras pertenencias además de reportarnos facilidades o placer también nos, crean estrés por no tener tiempo de usarlas todas o ocuparnos de todas ellas. Además de la angustia que supone el comprarse con los que tienen más y el deseo siempre insatisfecho de querer lo que no se tiene.

Disminuye la culpa: algunos objetos nos generan culpa por haber supuesto un derroche sin uso, nos somos capaces de deshacernos de ellos y nos dificultan seguir adelante.

Tienes más energía: todas esas pequeñas decisiones de cada día (qué ropa me pongo, encontrar un bolígrafo -que escriba- en la maraña de bolis que hay en un cajón, dónde tengo guardado el cargador del móvil, etc.) te van gastando la energía que desprendiéndote de las cosas innecesarias podrías tener.

 

Irene Alonso Martínez

Psicóloga general sanitaria

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